En los cuentos hay un problema humano, existencial, que atrapa a los personajes (por ejemplo, en “Mogador”), o hay un drama insuperable (“Viento sobre el río”), o la peripecia, la intriga y el extraño amor pueden convivir (“Ron”). Por eso, quizás, los finales no deben ni necesitan ser sorpresivos. En los cuentos de El silencio de las abejas no hay final con corte abrupto. Los finales dejan en suspenso el inicio de una vida, la continuación de un problema o la irresolución de una existencia que no encuentra su curso. En este sentido, los relatos de Bellomo crean climas que perduran en la mente del lector. Recordamos las tramas. Pero antes que nada recordamos las atmósferas, los dramas, los fracasos, las pérdidas, como si los cuentos permitieran hacer una radiografía de los problemas humanos a través de la invención ficcional.

“El silencio de las abejas” es un relato memorable. De una forma indirecta, casi elíptica, se refiere a la violencia política durante la dictadura. O, mejor, se refiere a las secuelas terribles de esa violencia política. El cuento muestra la vida ruin que lleva una mujer, lejos de su hija y sin el marido. La relación que tiene ella con el vagabundo, Ángel, es antológica. En esa relación está la potencia del cuento. ¿Son diferentes ella y el vagabundo? ¿No hay en ambas vidas un vacío, un abandono inevitable, una forma tremenda de dejar pasar los días y la existencia?